lunes, 27 de enero de 2014

Los hombres solos caminan en los parques,
separados,
mirándose de soslayo.
Ven una hoja
entre las miles de hojas caídas en el suelo.
También ven los árboles, las copas, el cielo.

Tímidos se asoman a los rostros de los otros,
por un instante,
lo suficiente para saberlos.
Saben la tristeza o la alegría,
el estupor, la vida.

Si la noche cae es porque ellos oscurecen.
La ciudad no tiene búhos
pero existen otras faunas:
hay los hombres caminantes,
los parques silenciosos,
el caos silente y la fuga exacta,
hay los hombres solos que caminan por los parques.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Familiaridad

Pues ni modo, más días aciagos acumulándose en mis tazas de café. Mañanas en restaurantes buscando desayunos económicos, con los ojos rojizos por la insatisfacción del sueño y los músculos aún lánguidos. Escojo por fin un restaurante, entro, elijo una mesa, me siento y voy viendo desde sus ventanales cómo el sol va iluminando las cortinas aún cerradas de los negocios al otro lado de la calle, y sus empleados soñolientos pero bañados van llegando uno a uno y se arremolinan frente a la entrada, esperando a que llegue el encargado o el dueño y abra la cortina y entonces una nueva jornada laboral los aprisione, mientras sueñan o sopesan sus vidas al mismo tiempo que atienden clientes indiferentes o inconformes. Yo estoy casi igual que ellos, sólo hay dos diferencias: que escribo y que trabajo de noche. Me gustaría decir que escribo de noche, y que ese es mi trabajo. ¡Brincos dieras!, como suelen decirme en tantos anhelos que tengo. Para alejar mis monstruos trato de desayunar decentemente y escribir mientras lo hago. (Dicho sea de paso, la decencia en mi desayuno la pone mi escritura.) A veces leo, pero por alguna razón tengo la impresión que leer en público siempre es una máscara, así que casi no lo hago. Escribir, en cambio, es mi rostro tal cual. Y aunque a veces sólo describa, y aunque tan sólo plasmo otro aciago día, me tranquilizo como si me exorcizara.
            Viene la mesera y me entrega la carta. Le doy las gracias y la veo por un instante a los ojos. Veo su actitud sumisa, precavida de antemano, como si me hubiese ya catalogado en la clase de clientes que suelen dar problemas y tratara de evitárselos desde el inicio. Observo esa actitud y pienso que la tengo en el bolsillo. Trago saliva y se retira, y de inmediato siento el sabor amargo de un día cualquiera, de un desayuno como cualquier otro en un restaurante común y corriente, exactamente igual a miles, millones de restaurantes, desayunos y días.
            Luego de un rato elijo un desayuno consistente en café (el cual ya bebo debido a la excelente atención de la mesera que lo trajo desde que me senté), jugo y tortas de pollo capeadas en huevo. Se lo hago saber a la mesera, que presurosa y extremadamente amable toma mi orden y se retira. Hay en el restaurante un aura de familiaridad que me parece casi exasperante, casi insoportable para ser exacto: las noticias matutinas en la televisión, a las que nadie atiende porque son como un rumor, como un ruido accesorio colocado en el lugar para tranquilidad de todos, para darse cuenta que el mundo sigue andando, que pasan cosas a nuestro alrededor y que eso es bueno, porque si no estaríamos perdidos, no habría temas de conversación ni podríamos compararnos, tener parámetros de comparación entre un pueblo y otro, un país y otro, un hombre y otro, ¿y cómo progresar, entonces?, esa es la labor del noticiero, de ese rumor sordo, decirnos que el mundo está ahí, que no se ha movido, que nos espera cuando queramos a pesar de que ahora, sentados aquí, nos sea totalmente indiferente. Están también los parroquianos, que son variados: hombres solitarios, ya viejos y cansados, aseados, que leen algún periódico amarillista o uno deportivo; hay un pareja, también mayor, que discute con una displicencia inaudita, en realidad una costumbre y tolerancia que uno al otro se otorgan, costumbre y tolerancia provenientes (a todas luces) de no sé cuántos años de estar juntos, de soportarse el uno al otro, y que ahora, a pesar de la intensidad de su discusión, cualquiera podría ver que son inocuos entre sí, que saben cómo defenderse y atacarse, en pocas palabras que no se harán daño, pero toman muy en serio sus papeles. Y además están los empleados del lugar: las meseras (que sólo son dos), el cajero y los chefs (los cuales no veo pero oigo el crepitar de los trastes allá atrás en la cocina al preparar los platillos para los comensales), empleados que, como autómatas soñolientos, hacen su trabajo con la misma intensidad con que el Iztaccíhuatl insiste en su presencia si miramos hacia el sureste… Y todo esto me es sumamente familiar, al igual que las sillas vacías, los letreros en colores llamativos promocionando “los precios más económicos del rumbo”, el ruido de los carros pasar interminables en la avenida, el sol ascendiendo… Todo tan familiar, tan igual, tan siempre, tan mismo, tan…
            Llega mi desayuno. Gracias, digo. Como. Los empleados arremolinados de uno de los negocios de enfrente se levantan de sus asientos improvisados y ven llegar a su jefe, que les abre la puerta del local exactamente cuando yo pruebo mi primer bocado de las tortas de pollo. No están mal, al menos su sabor no es desagradable. Los empleados entran. Bebo jugo. En la banqueta pasa una señora jalando una niña que lloriquea por un chicle. La mesera me trae una charola con pan. Un convoy militar pasa por la avenida. El cajero sale de su lugar y cambia el canal de la televisión; busca la repetición de un partido de futbol. Se oye un chiflido en la calle. Parto mi torta en cuatro pedazos iguales. Una mujer lee los letreros del restaurante y se asoma. La pareja que discutía pide la cuenta. La mujer que se asomó se va. El cajero vuelve a su puesto y deja la televisión en el canal en el que estaba. Otro convoy militar pasa. La mesera lleva la cuenta a la pareja. Un carrito humeante pasa frente al restaurante. Un hombre sentado en una mesa de la esquina estalla en risa, leyendo su periódico. “¡Tamales!”, grita el hombre que va empujando el carrito humeante. He comido casi todo mi desayuno. Las cortinas de los locales de enfrente comienzan a abrirse. La pareja paga y se va. El hombre de los tamales sigue avanzando con su estela de humo. Termino de comer. Las cortinas se abren completamente y los empleados comienzan a lavar las banquetas. Se oye que un plato se rompe en la cocina. Algunos empleados, de negocios diferentes, se saludan con escobas y cubetas en las manos. Tengo aún un poco de café. Enjabonan la banqueta y la tallan. Me acomodo en mi silla. Una motoneta estridente pasa a toda velocidad por la avenida. La mesera recoge mi plato. Ahora enjuagan el jabón y barren el agua a una coladera cercana. Sonrío a la mesera y le pido la cuenta. Aparece repentinamente la mujer que se asomó hace un rato. La mesera no tarda en traerme la cuenta. La mujer entra, aunque no se le ve muy convencida. Pago la cuenta. La otra mesera le da los buenos días a la mujer que entró. Me levanto. La nueva comensal me ve. Yo la veo también. Elige una mesa. Yo me marcho.
            Afuera el sol calienta el aire. “Un día como cualquier otro”, pienso, y me exaspero. Tengo en mi mente la imagen de una mecha encendida a punto de llegar a la pólvora. Todo me es tan familiar, desde lo que veo hasta lo que siento, que temo tragar saliva, aún respirar, porque sé que tendré el sabor aciago de un día más, el aire de un día más. Mis ojos tiemblan. Me detengo a mitad de la calle, no sé por qué volteo hacia atrás. Ahí viene la mujer que había entrado al restaurante. ¡Esto también es tan familiar! La veo, pero también veo todo lo que viene acompañándola: ahí viene el restaurante y su sordo rumor, caminando junto con ella, viene el café amargo, el ruido, la calle, la gente, dirigiéndose hacia mí, viene toda mi vida. Se acerca cada vez más y pienso que ese acercamiento es también tan familiar, tan lo mismo, tan siempre, que no lo tolero, es insoportable… y entonces otra familiaridad acontece: no sé hacia dónde huir.